Alma había nacido con muchas cosas irreparables, pero su furia no era una de ellas. Su furia era lo único que la había acompañado a través de los años. Lo único constante y agradable. Lo único real; esa sensación calentita que se alzaba en su pecho cuando las voces y los sueños la mantenían despierta.
Y hoy su furia impulsaría el puñetazo que dejaría a este imbécil sin quijada si acaso intentaba tocarla.
–Déjame pasar –gruñó Alma, frotándose los ojos para espantar el dolor de cabeza.
El tipo apostado a la puerta suspiró con desdén. La última vez no hizo tantas preguntas, pensó mientras en voz alta decía:
–Tienes que dejar algo para pasar. Conoces las reglas.
Alma odiaba las putas reglas.
La música se filtraba bajo la puerta y entre los postigos rotos de las ventanas mientras la neblina de la madrugada comenzaba lentamente a levantarse. En pocos minutos, el sol rompería en el horizonte y con sus primeros rayos repitiéndose como un eco sobre la superficie de la laguna, anunciaría el fin de otra larga noche sin dormir. Para Alma sería la quinta o sexta de esta semana.
Desde dentro de la cabaña, el rumor de las voces escalaba en oleadas. Las nubes de pensamientos intrusos flotaban en el aire viejo viciado de humo, algas y podredumbre. Muchos de ellos eran groseros y viles, aunque nada a lo que no estuviera ya acostumbrada. Otros eran caóticos, provenientes de mentes disfuncionales, hundidas en anfetas y alcohol.
Con un gruñido Alma se quitó la mano del rostro. Buscó dentro de los bolsillos de su buzo de chándal y luego en los pantalones. Conjunto que no se había quitado en días, por lo que apestaba a sudor y un poco a orina.
Sus bolsillos estaban vacíos. Había dejado la billetera en la guantera del coche, donde permanecería segura lejos de las manos amistosas de tipos como este. Con un gruñido se quitó las gafas de sol de un tirón y dijo:
–Sólo tengo esto.
Había robado las gafas de un puesto de feria hacía meses, por lo que no tenía mucho apego a ellas. El cristal estaba rayado y una de las patas se había torcido ligeramente. Las usaba sólo para ocultar sus pupilas dilatadas o los ojos rojos e hinchados de varias noches sin dormir.
El tipo de la puerta, de quien todavía no lograba recordar el puto nombre, frunció los ojos.
–Sabes que no es suficiente –dijo él mientras pensaba: ¿Creerá que soy estúpido?
–Es lo único que tengo, viejo. Me has robado tantas cosas en los últimos años que estoy segura de que puedes hacer una excepción.
A él no le hizo gracia el comentario, pero al menos pensó que Alma tenía razón, aunque nunca lo dijera en voz alta. Luego estiró una mano hacia adelante y ella le dio las gafas. Él inclinó la cabeza en un gesto tosco, arrojándolas a un costado con desdén.
–El teléfono –gruñó, rodando los ojos mientras pensaba que Alma era una gurisa estúpida.
–No lo tengo.
–No puedes entrar con el teléfono.
–Que no lo tengo, viejo. Ya sé las reglas.
Claro, ahora las sabes de pe a pa, pensó, pero terminó por abrirle la puerta. Cuando Alma pasó a su lado, él intentó meterle mano en el trasero y ella se movió antes de que la rozara, simulando que no lo había escuchado pensar en eso.
Ojalá termine haciendo uno de sus numeritos sobre las mesas.
Alma se quitó el escalofrío de encima y continuó camino.
Dentro de la cabaña las luces azules y verdes le daban a todo un tinte místico. Tétrico, sí, pero si uno pasaba por alto los muchos cuerpos inconscientes tirados en el suelo y se concentraba en la música, también podía pensar que era un lugar calentito y agradable. Quienes estaban de pie, moviéndose como si fueran olas en un intento de baile desganado, parecían estar pasándosela bien si uno no prestaba atención a sus pupilas del tamaño de la luna o las marcas en sus brazos.
Dando un largo paso, los cordones desatados de sus botas chocaron entre sí, pero logró esquivar las piernas del muchacho tirado cerca de la puerta. Sus ojos estaban distantes, por lo que ni siquiera se percató de la presencia de Alma, como tampoco lo hizo la chica que reposaba contra él con los ojos cerrados.
Ambos estaban sucios y a medio vestir. Alguien ya les había robado las zapatillas, además de cualquier cosa de valor que tuvieran en los bolsillos al momento de sentarse en el piso a inyectarse la basura que Odiseo les hubiera vendido. Si es que acaso todavía tenían algo de valor que no hubieran intercambiado ya.
Alma no prestó atención a los gemidos que venían de puertas cerradas ni miró dentro de las habitaciones abiertas, moviéndose entre el gentío con cautela. Mantuvo un ojo siempre puesto en el imbécil apostado al final del pasillo que la miraba como si fuera un corte de carne que estaba esperando tirar a la parrilla, mientras con el otro buscaba alguien sobrio con pinta de querer hacer negocios.
Si creyera en un dios le rezaría para que hubiera alguien aquí afuera. Le pediría por favor que no tuviera que meterse en aquella habitación al final del pasillo.
Se pasó una mano por la frente, esperando inútilmente que fuera suficiente para mantener alejados los pensamientos que flotaban hacia ella como balas. Con el dolor punzando tras sus ojos, no le importó el aroma fétido de la cabaña, ni las cosas húmedas que pisó con sus botas, ni los pares de manos que se estiraron a tocarla. Aquellos eran roces inocentes; una llamada de atención de alguien que estaba bajando y quería algo más.
Alma se abrazó a la furia que crujía como fuego en su pecho y llegó al final del pasillo sin darse cuenta, procurando que no se notara su desesperación.
–Quiero lo mismo de siempre –dijo al otro matón esperando frente a la puerta.
–Está ocupado.
Y tú no tienes pinta de tener un peso.
Alma dejó que el insulto resbalara en su mente, prestando atención a la música. Además de las drogas, los acordes y percusiones habían demostrado ser igual de efectivos para distraerla de las voces.
–¿Por qué no dejamos que él decida, eh? –masculló Alma, fallando en ocultar el filo en su voz.
–Todavía le debes lo de la última vez.
–Mis dos huevos. Le pagué todo.
El hombre no era mucho más alto que ella, pero le llevaba varios kilos de ventaja –lo que no era decir mucho tampoco– y el cansancio en sus ojos hablaba de un temperamento volátil. Alma suspiró, intentando calmar esto que quemaba en su pecho y ascendía lentamente hacia su cabeza.
–Sólo déjame pasar, viejo. Yo también estoy cansada.
Él no la dejó pasar. Entreabrió la puerta y anunció su llegada dentro de la sala, pensando en lo poco que le importaba lo que ella quisiera o necesitara. Un pensamiento de afirmación flotó hacia el pasillo, pero no fue acompañado por una voz. Luego, la puerta se abrió para ella.
La misma habitación de siempre la recibió en un estruendo que no provenía de los altoparlantes que brillaban en sus esquinas, sino de las mentes de los hombres apostados alrededor de una mesa mientras jugaban a las cartas. Alma evitó rechinar los dientes de casualidad.
–Verá usted qué pajarito vino flotando con el viento.
Odiseo movió el cigarrillo de un lado a otro de su boca mientras revisaba sus cartas de reojo.
Claro que Odiseo no era su nombre real sino su usuario en una de esas apps de mensajes efímeros, en donde conseguir drogas era casi tan fácil como comprar un órgano humano listo para trasplantar. Alma nunca había requerido de ese servicio particular, aunque a veces fantaseaba con conseguirse un cerebro nuevo que no fuera capaz de escuchar los pensamientos de los demás.
La primera vez que descubrió lo que podía hacer, se sintió como una superheroína. ¿Leer mentes y tener visiones? Eran cosas que sólo había leído en historietas. Como ella era una niña que todavía no había conocido lo horrible que podía ser el mundo, se preguntó cuánto tardaría en convertirse en alguien extraordinario.
Sin poder dormir porque sus sueños proféticos eran terribles y pesados, y sin poder pensar porque las voces la acosaban a toda hora, todos los días, una semana después comenzó a preguntarse qué tan heroico sería volarse los sesos.
Para cuando cumplió trece años, lo único extraordinario que había conseguido venía en forma de polvo y lo aspiraba por la nariz. Así, las voces se transformaban en estática y su cabeza podía descansar. Nunca había logrado que desaparecieran, así como tampoco logró comprender sus pesadillas a tiempo. Había visto a sus abuelos morir, a su padre enfermarse de cáncer, a sus vecinos mudarse a otra ciudad y hasta un tsunami azotar alguna ciudad en algún lugar sin poder hacer nada al respecto.
Odiseo alzó la mirada, escaneándola de arriba abajo. Sus mundanos ojos aburridos no transmitían la cantidad de estupideces que poblaban su mente. En momentos así Alma odiaba ser capaz de escuchar las voces, pero hoy más odiaba estar sobria.
Gurisa puta, no debe tener un peso, pensó Odiseo mientras decía en voz alta:
–Quiero vale cuatro.
Los demás hombres repartieron miradas, pensando en sus cartas. Luego bufaron y tiraron los naipes sobre la mesa.
Alma jamás había entendido cómo se jugaba esa mierda porque no se le antojaba divertido fingir que podían engañarla.
–Y yo quiero un tarro de alprazolam –dijo Alma, cruzándose de brazos.
Forzó a que su vista no se nublara, apabullada por el ruido. Obligó a sus piernas a mantenerse en su lugar, aunque quisiera desplomarse allí mismo y nunca despertar.
Odiseo abandonó sus cartas, le dio una última calada a su cigarrillo y luego lo apagó sobre el cenicero al centro de la mesa. Se levantó de un solo movimiento fluido, acercándose a ella en unos cuántos pasos.
–¿Tienes la plata? –preguntó él, escupiendo una nube de humo hacia el rostro de Alma.
–Dame las pastillas primero.
Qué gurisa predecible.
–Sabes que así no es como hacemos negocios, Alma.
–Sí, bueno. Tu amigo de la puerta quiso robarme el teléfono y el otro gordo intentó estafarme. Entenderás si no estoy muy dispuesta a confiar en tus palabras.
La sala se llenó del murmullo de susurros y pensamientos en iguales proporciones preocupados y divertidos. Alma enfrentó la mirada acusadora de Odiseo con una igual de irritante.
Cuando se dio cuenta de que esta sería otra noche más en la que no se atrevería a cerrar los ojos, llegada la medianoche había salido a dar vueltas con el coche porque se encontró mirando el candado del botiquín del cuarto de baño con muchas, muchísimas ganas de romperlo y robar alguna de las medicaciones de su padre. Luego había comprado una botella de cerveza que se había calentado en alguna parte del asiento trasero, todavía cerrada.
Cuando las horas transcurrieron y la necesidad de ahogarse todavía la acosaba, había abierto Disapp y consultado quién estaba disponible para hacer una entrega AHORA MISMO. Como siempre sucedía, Odiseo la había citado en la cabaña de Laguna Negra.
Alma no tenía idea dónde había conseguido la voluntad para permanecer sobria tanto tiempo, pero ahora sólo podía pensar en el alivio que encontraría al fondo de ese puto tarro de ansiolíticos.
Suspirando, no se detuvo a considerar su vergüenza al sacar un fajo de billetes de dentro de la manga de su bota y arrojarlos como si quemaran. Odiseo los atrapó en el aire con una mueca, insultándola en su mente.
–Es lo que me pediste y un poco más por la urgencia –dijo ella, frotándose la sien.
Odiseo contó los billetes con brutal eficiencia. Luego los guardó en el bolsillo trasero de sus pantalones.
–Sígueme.
A pesar de saber lo que estaba pensando, Alma lo siguió.
Emergieron al pasillo una vez más y luego entraron al cuarto a su derecha. Fue un alivio que estuviera vacío. Las voces perdieron fuerza tras la puerta cerrada, entremezcladas con el dulce beat de la música electrónica.
Odiseo se acercó a una mesa desvencijada, atiborrada de pastillas, tarros de mota y cristales de anfetas. Alma tragó saliva, preparándose para la próxima negociación.
–Sabes cuál es el cargo extra por urgencia –dijo Odiseo mientras se volteaba con un tarro de alprazolam en la mano y lo agitó en el aire cual matraca.
–Hoy no estoy dispuesta a chuparte el pito –gruñó Alma, cruzándose de brazos–. Sólo dámelas, viejo. Ni siquiera regateé, aunque sé que me estás estafando con el precio.
–Entonces lo llamemos cargo extra por desaparecer, ¿te parece? Seis meses sin noticias tuyas nos ha dejado a todos algo preocupados.
Alma rodó los ojos. El movimiento provocó que el dolor tras sus párpados se convirtiera en astillas de vidrio.
Ella no era nueva en esto. Había cambiado partes de sí misma por drogas más veces de las que se detenía a pensar –o que recordara–, pero llevaba seis meses sobria y necesitaba el tarro de alprazolam para estar lo suficientemente ida como para chuparle el pito a este tipo sin que le importara.
Es decir, de todos los Odiseos que se había cruzado en estos largos años, este no era particularmente feo. Con el cabello castaño enrulado cayéndole sobre los ojos y la piel cubierta de pecas, sería alguien a quien ella se acercaría si fuera de esas personas que podían tener una vida normal.
Aunque no importaba si él fuera la persona más hermosa del mundo, esta noche no recibiría ningún favor sexual de Alma. Y si su negativa era mal recibida, ya había considerado sus opciones.
Tampoco era nueva en irse a los puñetazos con algún idiota que la encontrara en un día violento, porque una de las consecuencias de soñar que monstruos con garras y dientes de hierro la despedazaban lentamente, era que pocas cosas lograban aterrarla hasta los huesos. Un pobre dealer con cara de cansancio era la última de ellas.
–Hoy no estoy de humor.
Odiseo dejó el tarro de pastillas sobre la mesa, se apoyó contra ella y comenzó a desabrocharse el cinto.
–No te dije que fuera opcional.
Al menos la había traído a una sala contigua y no la había obligado a hacerlo frente a los otros bastardos. Al menos todavía no la había acorralado contra una esquina y le había hecho chupar MDMA del piso. Alma consideraba una bendición que lo hiciera parecer como si fuera su elección, pero no soportaba el fuego que picaba en su nuca, pidiéndole que le clavara las llaves del coche en los ojos, robara las pastillas y saliera corriendo de allí a toda velocidad.
Quizás se debiera a que estaba sobria como una monja y llevaba prácticamente una semana sin dormir, quizás sólo se debía a que estaba harta, pero terminó diciendo:
–Amigo, no estoy de humor. Anótalo en mi cuenta para la próxima vez.
Odiseo negó con un chasquido de lengua, agitando la cabeza. Su pito semi flácido salió de la cinturilla de sus calzoncillos, estirándose hacia adelante.
La furia de Alma siempre le susurraba cosas interesantes. De todas las voces que oía en su cabeza, esa era la que más le gustaba. Por lo general era la culpable de todas las veces que terminó detenida, chocando el coche o con algún hueso roto –una vez incluso le hizo perder varios dientes–, pero su furia jamás le había dicho que se matara. Eso se lo había pedido su angustia.
Fue una extraña suerte que hoy decidiera ignorar ambas cosas.
–Quédate con la plata, me importa una mierda –terminó por decir–. Y mete esa cosa penosa de nuevo en tus pantalones, vas a espantar a alguien.
Luego giró sobre sus talones y desapareció por el pasillo.
Se aferró a las mangas de su buzo de chándal, yendo a tropel hacia la salida. Esta vez no se preocupó por esquivar a los drogados en el suelo, trastabillando contra ellos varias veces. Al salir, dejó que el aire fresco de la mañana enfriara el sudor en su frente y procuró no prestarles atención a los pensamientos del idiota de la puerta.
–¿Te vas tan pronto? –preguntó él en un tono que no era para nada de preocupación.
Alma no le contestó.
No supo cómo se las ingenió para llegar hasta su coche, estacionado tras la arboleda a varias cuadras de distancia, pero una vez estuvo dentro se alegró de que la lejanía trajera consigo el silencio.
Ahora sí podía escuchar la serenata de los grillos, aún adormecidos a los primeros rayos de sol. Era capaz de admirar la belleza altiva de la laguna y las sombras pobladas de destellos a su alrededor. Sin embargo, la naturaleza onírica que la rodeaba no lograría lavar el desprecio que sintió por sí misma.
–Sí eres una gurisa estúpida.
Mientras sacaba un cigarrillo de la cajetilla sin marca y se lo llevaba a la boca, revisó de reojo cómo su teléfono celular vibraba sobre el tablero del coche hasta que se deslizó al suelo. Con un chasquido del encendedor, el fuego apareció frente a su rostro y dio la primera calada cuando el tono de llamada terminó.
El interior de su coche estaba sucio y olía a humo. Nunca se había molestado en arreglar el ruido de intermitencia que hacía la radio porque la ayudaba a distraerse cuando no contaba con la bendición de poner algo a sonar en su teléfono, así como tampoco había cambiado el tapizado del asiento marcado de quemaduras de cigarrillo. Había varios paquetes de chips y maní sin abrir tirados por ahí, de esas noches cuando olvidaba que llevaba años sin sentirle el gusto a la comida y se le antojaba probar si comer le quitaría la necesidad de abrirse tajos en las piernas.
Como hacía casi todas las noches, Alma trabó las puertas del coche y reclinó el asiento hacia atrás. No tenía miedo de que alguien la siguiera. Ya lo habían intentado una vez y luego de que estrangulara al bastardo con el cinturón de seguridad hasta casi matarlo, el rumor se había esparcido lo suficientemente rápido como para que nadie más probara suerte.
Por lo general pasaba las noches de insomnio en el estacionamiento del puerto, donde el rumiar de las olas acompañaba la lejanía de la ciudad y en ese pequeño oasis de silencio lograba descansar un par de horas. Hoy no se le venía en ganas conducir hasta allí. Hoy, si algo aparecía desde las sombras de la laguna para tragársela entera, estaba tentada a dejarlo.
Desde algún lugar bajo el asiento, su teléfono comenzó a sonar otra vez.
Esa era otra de las razones por las que no quería ir al puerto. Alma sabía que eventualmente Hannah se cansaría de llamarla y caminaría hasta el lugar donde la encontraba siempre, con esa mirada donde sus ojos castaños se fruncían y su boca se abría en un suspiro que podría terminar en un insulto pero que nunca lo hacía.
Alma un poco deseaba que la insultara. Era la tercera entrevista de ingreso a la universidad que perdería y dudaba de que las influencias de la madre de Hannah fueran tan fuertes como para conseguir una cuarta. Pero ¿cómo se presentaría a un interrogatorio sobre sus deseos del futuro cuando sus sueños llevaban una larga semana hablándole de su propia muerte?
Sus pesadillas habían estado pobladas de su muerte en esa forma caótica y desordenada de siempre que hacía imposible interpretarlas correctamente. Todas las noches había soñado que corría a través de tal espesa oscuridad que no tenía principio ni fin y cuando sus pulmones ardían y su cuerpo se vencía, algo la atravesaba y moría. Si era una espada, un cuchillo o una bala, nunca lo supo. Sólo sabía que despertaba tiesa y cubierta en sudor, con el pecho cruzado por el dolor como si el golpe hubiera sido real.
El problema con las pesadillas de Alma nada tenía que ver con los monstruos con garras y dientes de hierro que se asomaban desde las sombras para tomarla de los tobillos. Tampoco se debía a que eran imposibles de entender hasta que finalmente se cumplían. Que se volvieran realidad había pasado a ser algo cotidiano e inevitable.
Alma cerró los ojos y dio una profunda calada al cigarrillo, un poco gruñendo. Con los ojos cerrados podía pretender que este no era su cuerpo, que esta no era su vida y que los pensamientos que escuchaba eran los suyos propios. Con los ojos cerrados, su vida no parecía ser un espiral descendente de cosas incontrolables que la llevaría inevitablemente a una muerte por agotamiento.
Fue extraño cuando la oscuridad tras sus párpados la abrazó como si la estuviera esperando. Un segundo después no tenía ni idea dónde había estado y ahora sólo sabía que tenía que correr.
No importaba que las calles estuvieran inundadas, con el agua llegando hasta sus tobillos, o que sus piernas ardieran por el esfuerzo de escalar la pendiente. Cada uno de sus músculos gritaba una sola cosa: correr. Correr. CORRER.
La lluvia caía sobre su cuerpo, inclemente y pesada, y el resplandor de los relámpagos delineaba la silueta de las casas que pasaban a su lado en un borrón. Suspirando, sus pulmones se hincharon en un gemido. Su cuerpo siguió aquella desesperada carrera hacia adelante.
Al llegar a la cima de la colina, la calle se deshizo al borde de un barranco donde el mar golpeaba las rocas en largos rugidos. El agua salada salpicaba tenues cortinas que se unían a la llovizna. Un trueno reverberó en el largo y negro horizonte, vibrando dentro de su pecho.
Observó el alto precipicio por la duración de un latido y un escalofrío entumeció sus piernas. Dio la vuelta, desesperada por olvidar la cruda necesidad de arrojarse, pero se detuvo al ver la figura encapuchada que la esperaba con las manos en alto. En sus palmas, extraños símbolos habían sido cavados con la punta de un cuchillo y la sangre hacía ríos a través de su piel. Alma no podía ver su rostro, pero el peso de aquella mirada la mandó a temblar.
–Ya viene –gimió una voz que provenía de todos lados y de ninguno. Era amarga y dulce, joven y antigua, tierna y terrible–. Viene por ti.
Entonces la figura la empujó y Alma cayó al vacío hasta que el eco de su grito se repitió entre las rocas.
Se incorporó de un salto, golpeando el volante del coche con el estómago y el sonido de la bocina quedó vibrando en sus oídos. Le tomó un largo momento descubrir que no estaba al fondo de un barranco sino sentada donde estuvo siempre, admirando el sol que apenas había terminado de alzarse sobre la laguna.
Sus muslos y pantorrillas dolían por una carrera que su cuerpo no había corrido. Sus pulmones quemaban. Tuvo que mirarse en el espejo retrovisor para convencerse de que lo que corría por su piel era sudor y no agua de lluvia. Así fue como vio la colilla de cigarrillo sobre su ropa, quemando un agujero. Un segundo después sintió el ardor y la ampolla que comenzaba a formarse en la piel de su pecho.
El mayor problema con sus pesadillas era la sensación de ser prisionera de ellas. No importaba cuánto intentara despertar, cuánto quisiera patalear o resistirse, las pesadillas seguían su curso hasta que decidían desvanecerse y cuando lograba al fin abrir los ojos, era su cuerpo el que sufría las consecuencias. El dolor se expandía por sus extremidades y el sudor que la cubría se transformaba en la sangre que la había bañado o el agua en la que se había hundido, arrastrada hacia las profundidades por las manos de los muertos.
Alma maldijo mientras se quitaba las cenizas del pecho. Luego se aferró al volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
Tomó toda su fuerza de voluntad no estirarse hacia atrás para tomar la botella de cerveza y bajársela de un solo trago. No correr dentro de la cabaña para chuparle el pito a quien fuera con tal de que le dieran ese tarro de ansiolíticos. No encender el coche y conducirlo directo al fondo de la laguna.
Dando un largo suspiro, buscó un nuevo cigarrillo y lo encendió. Se estiró a recuperar su teléfono de debajo del asiento, pero la pantalla le devolvió una negra mirada escondiendo su patético reflejo.
Las ondas pálidas se le metían en el rostro, yendo y viniendo en todas direcciones porque no habían visto un peine en años, mucho menos una rutina de cuidados apropiados. Sus ojos verdes se veían apagados y patéticos, rodeados de piel oscurecida por el cansancio. Las comisuras de sus labios estaban secas y llenas de cáscaras y los moratones de sus mordidas.
Tres golpes consecutivos en la ventanilla del coche hicieron que diera un salto, escupiendo el cigarrillo entre sus dientes. Mientras lo aplastaba desesperadamente con las botas, la voz de Hannah sonó apagada tras el cristal.
–¡Si vas a hacer que me dé un infarto, al menos ten la decencia de aparecer muerta!
Alma bajó la ventanilla con un gruñido, subiendo a mirar los ojos castaños de su amiga estacionados en esa misma mueca horrible de siempre.
–Te avisé –dijo Alma, aferrándose a sí misma en un abrazo para ver si así dejaba de temblar.
–¡Enviar un mensaje que dice «no me esperes» no cuenta como avisar! ¿¡Qué significa eso!? ¿¡No me esperes porque voy a ir por mi cuenta o no me esperes porque tengo planeado saltar de un puente en los próximos veinticinco minutos?!
–De momento no hay un puto puente lo suficientemente alto en esta ciudad como para que me sirva.
–¡Deja de bromear con eso! ¡No es una broma, mul’cjik!
«Mul’cjik», en el idioma particular de Hannah, era la palabra que usaba cuando Alma actuaba como una idiota y lo más cercano a un insulto que jamás le había escuchado. Todavía no le había contado de dónde la había sacado –si la había inventado o era un concepto real en algún dialecto desconocido–, pero no era algo que mantuviera a Alma despierta por las noches. Sus pesadillas eran las únicas que la mantenían despierta por las noches.
–Bájate del coche –ordenó Hannah, cruzándose de brazos.
–Hannah, estoy cansada. ¿Podemos hablar sobre esto en otro momento?
–No. Hablaremos de esto ahora.
Alma suspiró, pero salió del coche.
Con otro cigarrillo encendido entre los dientes se recargó contra la puerta, cruzándose de brazos con esa actitud comemierda que hacía erizar la piel de Hannah. Su amiga predeciblemente torció el gesto a algo muy parecido a enojo, pero que era suavizado por la ternura contenida en sus ojos.
En su atuendo de jeans y sweater color crema, con el cabello castaño peinado en una intrincada trenza, Hannah desentonaba completamente con el lúgubre tinte de la laguna.
–¿Cómo me encontraste? –se atrevió a preguntar Alma, aunque no quisiera saber la respuesta.
–Adiviné –gruñó Hannah–. ¿Qué planeas hacer? Si no es ingresar a la universidad, entonces imagino que debes tener otro plan y déjame decirte que esto no es un plan.
Hannah dio una mirada asqueada a su alrededor, inclinando la cabeza hacia el ruido distante de la cabaña escondida entre la maleza.
–¿Sobrevivir un día a la vez cuenta como plan? –contestó Alma, escupiendo una nube de humo.
–No eres graciosa. Piensas que lo eres, pero no.
Se sostuvieron la mirada en una lucha de voluntades que ninguna de las dos estaba lista para perder. Ninguna de ellas era propensa a ceder.
–¿Qué puto sentido tiene? –dijo Alma, bufando–. No es como si pudiera estudiar cuando no puedo siquiera caminar por una calle muy transitada sin que mi maldita cabeza amenace con explotar.
–Te dije que estoy investigando una solución. Si yo no me he rendido, tú tampoco puedes.
–Lamento romper tu puta burbuja, pero yo me he rendido hace mucho tiempo.
Ese era el problema de Hannah. Siempre intentaba arreglarlo todo. Siempre quería encontrar alguna solución a cosas que eran imposibles de evitar.
¿Detener las pesadillas o las voces? Eso no tenía solución. Esa era la carga de Alma para llevar y todavía estaba esperando el momento en que por fin la aplastara.
–Eso es lo que significa el sueño del que me hablaste –murmuró Hannah–. Quieres intentarlo de nuevo. Estás pensando en matarte otra vez.
Alma se sorprendía de que, después de años de conocerse, esas palabras todavía surtieran el mismo efecto. La hacían querer fundir la ropa a su piel para que aquellas horribles cicatrices que cruzaban sus antebrazos no pudieran verse. Aunque más la hacían desear que no existieran.
Hannah era una de las pocas personas a quien se atrevía a contarle sobre sus pesadillas y era una especie de extraña bendición que también fuera la única persona en el mundo que pudiera mantener los pensamientos dentro de su propia cabeza. Aunque a veces, como en este mismo momento, Alma se moría por saber en qué pensaba.
–Esa mueca de mierda que tienes en el rostro –dijo Alma mientras un hilo de humo se escapaba entre sus dientes– no corresponde a alguien que me dijo hace menos de cinco minutos que prefería encontrarme muerta antes que drogada.
Ese insoportable brillo de pena se levantó de la mirada de Hannah y algo parecido a molestia tomó su lugar. Aunque no era furia. No como Alma la sentía, al menos.
Su amiga la revisó de arriba abajo como si estuviera convencida de que finalmente había perdido la cabeza. En cierta forma, Alma no tenía una cabeza que perder porque hacía tiempo que ya no le pertenecía.
–Preguntaré esto una sola vez y quiero que lo contestes honestamente –dijo Hannah en una actitud brutal que hizo que la piel de Alma se erizara–. ¿Vas a intentarlo otra vez? ¿El sueño de tu muerte es un presagio de que lo estás considerando?
Alma resopló, quitándose el cigarrillo de entre los dientes con una mueca. Toda esta conversación le había provocado más de un dolor de cabeza y se frotó la frente en un intento de disipar la neblina que se alzó tras sus ojos.
–¿Honestamente? Llevo… no sé cuántos días sin dormir y ya estoy cansada, Hannah. Cansada de que mi vida de mierda se reduzca a pequeños momentos de paz porque si no son las cosas que me acosan cuando duermo, entonces son las que me acosan cuando estoy despierta. Honestamente, no hay día en que no considere terminar lo que empecé cuando te conocí. Mierda, no hay día en el que no desee nunca haberte conocido.
Oh, no. Eso había sonado completamente diferente en su cabeza.
Levantando la mirada para encontrar la de Hannah, un poco se arrepintió de que su boca fuera tan rápida para soltar palabras sin pensarlas.
–Me refiero a que…
–Sé a qué te refieres –gruñó Hannah–. ¿Así que eso es todo? ¿Sigues aquí sólo porque tu plan de desangrarte bajo la ducha fue frustrado por una pedante desconocida que acudió al pedido de ayuda de una pobre mujer que arrastraba a su hija al borde de la muerte hacia el coche?
Auch.
Claro que a eso había sonado, pero Alma no tenía idea de cómo poner en palabras esto que sentía. No sabía si siquiera existían las correctas para describir el eterno terror del que había caído presa cuando las voces comenzaron a perseguirla, o incluso antes, desde la primera vez que despertó de una pesadilla cubierta en sudor.
–Te dije que no era el momento para hablar sobre esta mierda –comentó Alma, que era lo más parecido a una disculpa que sería capaz de articular sin antes obtener algunas horas de sueño ininterrumpido–. Dile a Gabriela que iré a la próxima entrevista. Que estoy enferma o alguna mierda así, pero que me presentaré la próxima vez si todavía hay un lugar para mí.
Hannah exhaló, meneando la cabeza. Su cuerpo fue perdiendo lentamente la tensión que había mantenido su espalda erguida en un ángulo tan recto que hasta parecía doloroso.
–Vas a dormir en casa –dijo Hannah, que era lo más parecido a una disculpa que Alma escucharía salir de sus labios–. No saldrás de mi vista hasta que te presentes a esa entrevista.
Alma sólo podía pensar en una cama. Pero no cualquier cama: una que flotara a la deriva en medio del océano, a kilómetros de distancia de cualquier persona.
–No entiendo por qué mierda importa –dijo mientras abría la puerta del conductor para entrar al coche y esperó a que Hannah tomara el lugar del acompañante antes de continuar–. Aunque por algún puto milagro consiga el título, dudo que alguien se atreva a contratarme cuando una simple investigación de mierda lleva directamente a mis putos antecedentes penales.
Sus desafortunados encuentros con la policía eran una de las tantas razones por las que había terminado en rehabilitación y ni siquiera la mano invisible de Gabriela había sido capaz de borrar algunas de las causas en las que se había visto involucrada. No porque quisiera, no porque fuera una criminal, sino porque sus malas decisiones la llevaban siempre a estar en el lugar equivocado en el momento menos indicado.
Hannah pasó un largo momento en silencio, tal vez considerando que Alma había salido de esta laguna en la parte trasera de un patrullero más de una vez.
–Importa porque odiaría que tu sacrificio haya sido en vano –dijo Hannah por sobre el rumor del motor al encenderse y Alma comenzó a conducir porque necesitaba desesperadamente hacer algo con sus manos que no involucrara arrancarse las uñas–. Entiendo que las cosas hayan sido difíciles y que te parezca que sólo han empeorado desde el diagnóstico de David, pero recuerda que no eres una víctima. Eres una sobreviviente.
«Las víctimas tienen tumbas y los sobrevivientes cicatrices.» Esa era la mierda poética que Hannah había leído alguna vez en algún libro y escupía cada vez que Alma se tornaba un poco oscura. No ayudaba a levantar su moral ni un poco, pero al menos la hacía sentir un poco menos sola. Que a Hannah le importara, en realidad, era más que suficiente para que Alma quisiera ser un poco mejor. Normalmente no lo lograba, pero eso no quería decir que no lo estaba intentando.
Alma suspiró como única respuesta posible y Hannah se giró a mirarla, suavizando su mirada hasta que se sintió como una caricia.
–Enfócate en un problema a la vez, Alma. Ya veremos qué pasa después.
–¿Quieres otro problema para resolver después? –dijo Alma, contenta de poder cambiar de tema–. Acabo de tener otro sueño.
–¿Ahora? Alma de los Milagros, sólo a ti se te ocurre dormirte en este lugar.
Alma continuó sorteando los caminos serpenteantes que las dejarían nuevamente en la ruta y optó por pasar por alto el tono acusatorio de Hannah. Luego le contó todo acerca de cómo había sigo empujada hacia el barranco por una figura encapuchada.
–¿Cómo eran los símbolos? –preguntó Hannah.
–No lo sé. Todo pasó muy rápido.
–Haz un esfuerzo.
Alma gruñó, tomando la salida hacia la ruta con dificultad. El coche se bamboleó y sonó como si estuviera lleno de monedas.
–Eran círculos, creo –dijo Alma, haciendo el puto esfuerzo de recordar–. Círculos que se entrelazaban entre sí, creo que como… como una ¿flor?
–Círculos dices…
Hannah abrió la guantera y extrajo un papel de recibo. Luego continuó buscando un bolígrafo mientras Alma rezaba a cualquier dios que existiera que su amiga no leyera que ese era el recibo de la cerveza que todavía estaba oculta en el asiento trasero. Unos minutos después, Hannah sonrió victoriosa, alisó el papel sobre su rodilla y se dispuso a dibujar.
–¿Así?
Hannah sostuvo en alto el pequeño boceto al terminar. Alma lo revisó de reojo, deteniéndose en una luz roja. Su amiga había dibujado varios círculos concéntricos cruzados de más círculos en forma de diagrama.
–Supongo que sí. ¿Significan algo para ti?
–En ambas manos dices…
Hannah se quedó mirando el boceto e hizo un sonidito con la lengua, como si algo muy importante se le hubiera escapado.
Mientras el coche describía las calles que las acercarían al centro de la ciudad, Hannah puso a sonar una pieza de Mozart en su teléfono y no volvió a hablar, bocetando sobre cada pedazo de papel que encontrara. Si bien Mozart no era el compositor favorito de Alma, podía admitir que el tipo sabía de percusiones lo suficientemente violentas como para ahogar las voces de los transeúntes que pasaban cerca del coche.